.:: IMAGENESLAREVISTA.COM ::. OPINION
Año 1 - Número 3



REFLEXIONES

Hola, cómo estas? Sabes? Esta noche me siento sumamente triste, con una tristeza tan profunda que si pudiese emitir un suspiro, este va a parecer una carcajada fenomenal por la enormidad de este sentimiento que, lamentablemente, me embarga. Sé y soy consciente de ello, que cuando estemos así, no deberíamos conversar. Pero, dale, hay que hacerlo, que no todos los días es color de rosa en este hermoso mundo que nos tocó vivir. Es posible que la tristeza sea también una forma de felicidad, pues creo que nos acerca y nos hermana como seres humanos y no estar pues, casi siempre, con ese prurito vanidoso de creer que estamos por encima de los demás, que somos mas que ellos porque simplemente sabemos controlar nuestros impulsos, nuestros sentimientos, nuestro mal humor, por saber encontrar el lado positivo de la vida hasta en lo negativo, de ver siempre que nuestros envases están plenos, colmados, atiborrados de felicidad, que en esta vida hasta aquellos gusanos a los cuales muchas veces hemos usado como punto de comparación con ciertos bípedos que por allí van, sirven para transformar la carca en abono, que hasta el reloj malogrado es útil para dar dos veces al día la hora exacta. No es que la música de Imágenes, Imagine de John Lennon, me ponga en este estado. Pasa que hoy en la mañana me desperté como siempre, con el televisor a las 8 y 15 viendo las jocosidades geniales de Rossini, Armas y Vidaurre, medré en la cama hasta las 9 porque simplemente esta bendita gripe, tú sabes como me pone, me tiene loco de remate. Más aún, dirás y te entiendo, sé que no solo es la gripe, eres tú, además. Pero había algo en el ambiente que no me permitía sosiego. La calle es el escenario en el cual todos tenemos que hacer nuestro papel, como actores vitales de este gran teatro que es el mundo. Y es ahí donde algunos actores simplemente concluyen con su papel y se van hacia el fondo, desde donde nos dicen “adiós, hasta la vista, te espero donde ya tú sabes”. Y hoy le tocó decirnos adiós a Benito… Chau, Benito… Que grande fuiste y que buen amigo encontré en ti, con quien cinco minutos de charla, mientras nos tomábamos un agua mineral, en la esquina de tu bar billar, valían mucho más que aquellas tropelías insulsas en las cuales hoy nos enfrascamos. Hombre de radio que en oposición a tu menuda figura, eras dueño de una hermosa voz que nos llevaba a través del tiempo y la música por aquellos parajes escondidos de nuestros recuerdos, para idealizarlos con las canciones que irradiabas y hacer mas llevaderos nuestros bucólicos domingos de amanecida y boca amarga por los sinsabores, por tu ausencia, los cigarrillos consumidos pensando en qué harás y los tragos bajados con harta agua pero que no menguan la nostalgia, la melancolía y la soledad de tu adiós sin haberte ido. Aissa, con esa singular y casi infantil travesura que la caracteriza, me soltó de sopetón que ya no estabas mas entre nos. Silencio. Me quedo con la boca abierta porque no supe que decir, ya que lo que quería expresar era que mi visita tantas veces pospuesta hoy será eternamente postergada. Los ojos mirando sin ver hacia ninguna parte y al mismo tiempo, hacia todos lados… recordando… recordando. Los saludos fugaces, los intercambios de ideas, de lo que deberíamos hacer para que no estemos más con pérdidas de tiempo en el manejo de la administración local, en aquella posición incómoda en que lo pusiste cuando sin mas ni mas le pediste la pared, recuerdas? Si, claro, si está fresco. Y como tú sin dudar un segundo, solo por ser tú, aceptaste con una sola condición: que te dejemos la pared tal como la entregabas. Promesa incumplida y que para ti fue como una cachetada cuando te entregaron un miserable balde a medio llenar con una pintura podrida, pestilente, inusable, que nos llenó de vergüenza porque fuimos parte de aquello. Mil disculpas. Lo hicimos personalmente pero quiero reiterarla desde aquí. Empezaron a sonar las campanas de la iglesia. Y no las odié. Esta vez no. Me puse a pensar. Aissa me dice “que fastidio que es este ruido, ya me tiene harta. Y hoy me da no sé qué escuchar cuando suenan estas campanas”. Yo me sonreí y le dije que aquello me hace recordar a Conan Doyle, citado por Hemingway en su obra Por Quien Doblan las Campanas. Mira que tú, le dije, inconscientemente, estás alterada por esto de Benito, porque no recuerdo donde leí, pero era algo así como que uno envejece a medida que vamos acumulando muertos, personas conocidas que se van, por eso cuando doblan las campanas no preguntes por quien están doblando, lo están haciendo por ti. Porque cuando alguien muere, muere algo dentro de ti, porque esa persona que se va, es alguien que de una u otra forma ha sido parte de tu vida, ha tenido algo que ver en ella y cuando ya no está, es que esa parte de tu vida se está yendo con ella, la estás enterrando. Así de simple. Tú te pones a pensar “bueno, pues, y ellos a donde van?”. No lo sé. Nadie lo sabe. Nadie ha vuelto para contarnos como es, que hay, no sé, nada. Pero cuando te pones a pensar hacia donde van, las distancias físicas, así como las conocemos, pierden su razón de ser, es que no las podemos medir. Yo sé por ejemplo que tú estás en, digamos, Chachapoyas. Bueno, pues, son 600 km, agarro un carro y me voy, te busco, te encuentro, hola como estás, que tal te ha ido, que haciendo, etc. Y ya! Sé, por ejemplo, que te tengo en el fondo de mi mente, en alguna neurona que a cada momento está activada por impulsos eléctricos producidos por la digestión de mis alimentos, convertidos en energía y que las ponen a funcionar… que raro! No sé… iba a hacer una comparación en la cual las magnitudes físicas nada tienen que ver con estas otras no mensurables y me doy con una ingrata sorpresa… si… sé donde estás, pero no sé si estás y lo peor, no sé si me interesa… como si te hubieses convertido en aquello que fue y no es más, en una especie de sustancia etérea absolutamente inasible mas que con el pensamiento y entiendo, sí, porqué de aquella tristeza inicial de la cual te hablaba al iniciar esta noche. Que pena! Que pena que no sienta pena por esto…! Que pena que solo me traiga una tristeza inmaterial que sé que con una sonrisa, un gesto tuyo, tú, que me estás esperando en el velorio para rendir homenaje a quienes ya no están, me lo darás. Estoy sonriendo. Deja que los muertos estén en su tumba, ellos nunca volverán y es absurdo pretender darles vida. Déjalos en el rincón incorpóreo de tus evocaciones, haz que duerman allí hasta que aquel impulso los despierte, pero solo para decir “qué bonito fue, no?”. Que el amor, aquel sentimiento que tenemos hacia una, muchas, todas las personas, nunca muere. Te lo dije. Solo se traslada. Anda. Sal. Apaga la computadora, apaga la tele, deja de escuchar Imagine, de John Lennon. Amarra tu tristeza. Abre tu maravillosa cajita y saca un poco de tu felicidad. Respira profundamente. Mira hacia el cielo. Suspira… sí, hazlo. Solo vuelve la mirada para decir “que duermas bien, amor, sabes que te amo”. Pero no pretendas que vuelva a la vida. Y empieza a caminar. Nuevamente. Nos vemos la próxima. Y sabes? Qué agradable es conversar contigo…!!! Chau. ….

ALFONSO DEL AGUILA VALERA

Homenaje a NIDIDA
Carta de un amigo